jueves, 12 de febrero de 2026

La política del parabrisas: ¿Cómo convencer a un país que solo mira el retrovisor?




Redacción

Felipe Mujica no llega a los estudios de Globovisión con la disposición del boxeador que busca el nocaut, sino con la parsimonia del desactivador de explosivos que sabe que un movimiento brusco nos devuelve a la cueva de 2014 o 2019. En un ecosistema político dominado por el ruido de las redes sociales y la estridencia de los extremos, el secretario general del MAS parece haber comprendido que la audiencia que realmente importa hoy no es la que grita como histerico, sino la que susurra sus miedos en los pasillos del poder y la que cuenta puyas en la cola del transporte público.

Su tesis central en esta aparición mediática podría resumirse en una consigna casi automotriz: hay que romper los retrovisores. Para Mujica, la política venezolana se ha convertido en una colisión eterna porque todos los conductores —gobierno y oposición— manejan mirando obsesivamente hacia atrás, ajustando cuentas por lo que el otro hizo hace cinco, diez o veinte años. Al proponer una "línea de base cero", Mujica no está pidiendo amnesia, sino una tregua pragmática que permita que el vehículo país, finalmente, engrane la primera marcha.

La pedagogía del sobreviviente

Lo más audaz de la intervención de Mujica no fue su crítica al oficialismo, sino el espejo que le puso enfrente. Al cuestionar la "Ley contra el Odio" y la falta de alternabilidad, el dirigente masista recurrió a una filigrana histórica que toca la fibra de la supervivencia chavista: recordó que, tras el alzamiento militar de 1992, la democracia que hoy el oficialismo desprecia no les aplicó leyes de exterminio político. Gracias a que no existían "leyes de odio" preventivas, el chavismo pudo transitar de la celda de Yare a la silla de Miraflores.

Este es el núcleo de la política de Mujica: la reducción de los costos de salida. Su mensaje a la élite gobernante es un susurro de realismo: la alternabilidad no tiene por qué ser un suicidio colectivo ni una cita con el paredón judicial. Es una oferta de salvoconducto que busca convencer al poder de que perder una elección puede ser, paradójicamente, la única forma de conservar la vida política a largo plazo.

La rebelión del "bolsillo roto"

Pero Mujica sabe que con teoría política no se llena el plato. Por eso, su discurso aterrizó con fuerza en la microeconomía de la precariedad. Fue refrescante, y a la vez doloroso, escucharlo hablar de la "falta de sencillo para las propinas" o de los profesores que han pasado de la clase media a la mendicidad institucionalizada.

Aquí el MAS marca una distancia higiénica con la oposición de estratósfera y con el gobierno de propaganda. Mujica disecciona la perversión del "bono" frente al "salario". Mientras el gobierno apuesta por la bonificación —ese mecanismo de control social que convierte al ciudadano en un eterno agradecido del Estado—, Mujica reivindica el Artículo 91 de la Constitución. El salario como herramienta de libertad, no el CLAP como correa de transmisión de la obediencia. Es la política del bolsillo frente a la política de la identidad.

¿Un centro en el desierto?

El desafío para el MAS y para la figura de Mujica es determinar si esta "tercera vía" tiene realmente un mercado electoral o si es simplemente un diagnóstico lúcido en un país de sordos. Al rechazar el "tutelaje externo" y marcar distancia de los planes de transición diseñados en Washington, Mujica intenta rescatar una soberanía que no sea la del eslogan oficialista, sino la del consenso interno.

Su apelación a los Pactos de la Moncloa no es nueva, pero en su boca suena a una necesidad biológica. Sin embargo, el obstáculo es de dimensiones hercúleas: ¿están los actores políticos venezolanos dispuestos a dejar de pelear por el retrovisor cuando el conflicto es, para muchos, su único modo de vida?

Mujica apuesta a que el hartazgo es mayor que la sed de revancha. Su intervención deja en el aire una pregunta inquietante para el 2026: ¿votará el venezolano por el candidato que le prometa la cabeza de su enemigo, o por aquel que, le prometa que el salario finalmente alcanzará para vivir y que el parabrisas, por fin, estará limpio de los fantasmas del pasado?

Por ahora, Felipe Mujica sigue allí, tratando de convencer a un país herido de que para avanzar, a veces, hay que tener el coraje de no mirar atrás.

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